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Señorito Cabrón VI



 

 

Aventuras de un Señorito Cabrón (VI)

Violar un esclavo

 

Un par de años atrás, antes de conocer la hacienda y toda la diversión que encontraría en ella a costa de los peones, aún siendo un impúber, leí un pequeño libro escrito a mano con una caligrafía preciosa.  Aquel librito tenía por título “Indicaciones para doblegar a los esclavos insumisos”.  Había en sus páginas una buena cantidad de ideas sobre cómo quebrantar la rebeldía de los esclavos hasta convertirlos en objetos dóciles y serviles, dispuestos a satisfacer cualquier capricho del Amo.  Entre aquél cúmulo de ideas había una que llamó poderosamente mi atención y que estaba redactada de la siguiente forma:

“Cuando un esclavo se muestra particularmente rebelde y ningún método parece funcionar para doblegarlo, la forma más efectiva de quebrantar su rebeldía es violarlo.

“Se le ata al potro dejándole su culo en pompa y se busca a otro esclavo que venga para ensartarlo por el culo cuantas veces sea necesario, hasta que el infeliz, agotado por el tratamiento y humillado completamente en su hombría, se resigna a servir como corresponde a un buen esclavo.

“Lo ideal, sin embargo, es que sea el propio Amo quien viole al esclavo.  De esta forma se logra que el infeliz comprenda a cabalidad que no es más que un objeto que su Dueño podrá usar como mejor le parezca”,

En ésa época no le encontré un sentido muy claro a aquellos párrafos.  Sin embargo, curiosamente se me quedaron impresos en mi memoria, sin saber cuándo ni cómo aquellas indicaciones para doblegar a un esclavo mediante la violación iban a tener una utilidad práctica para mí.  Y no fue sino durante aquellos días que pasé con Philipe en la hacienda, cuando les encontré un sentido muy claro y un uso muy efectivo.

Durante los primeros tres días de mi estancia en la hacienda, tuve que conformarme con usar a Philipe de las maneras más diversas.  Llegué incluso a adiestrarlo para que aguantara mi meada directamente en su boca y se la tragara, lo cual fue algo que me divirtió demasiado, pues al maricón le costó gran trabajo hacer lo que yo le ordenaba y ello le valió un infinito número de tortazos y azotes.

Pero además, cuando Paco me veía meando con mi verga metida entre la boca de Philipe, se soltaba a llorar desconsoladamente, seguramente previendo que yo no tardaría en empezar a usarlo a él también de la misma forma.  El pobre infeliz no se imaginaba que además de usar su boca para mear, yo tenía planeado también usarla para descargar mi calentura.

El cuarto día ya el peón parecía estar restablecido de su catarro.  Así que había llegado el momento de saciar mi deseo de hacerme mamar mi verga por el miserable y de follarle su boca tal y como lo tenía previsto desde el primer día.

Al despertar de aquel cuarto día, tenía mi verga más tiesa que un riel de ferrocarril.  Pensé inicialmente en hacerme mamar de Philipe como todas las mañanas, pero pensé que tal vez ya Paco estuviera en condiciones para usarlo.  Así que tomé mi teléfono para llamar a mi médico y al encontrarme con su favorable dictamen, mi calentura aumentó y decidí que había llegado el momento que estaba esperando.

Pensé en obligar a Paco a mamármela enseguida.  Sin embargo, supuse que si lo hacía de esa forma, me arriesgaría a sufrir un accidente, pues muy seguramente el mugroso peón no tenía ni idea de mamar y tal vez fuera a lastimarme con sus dientes.

Así que decidí esperar algún tiempo y en cambio de desahogarme enseguida, me conformé con ordenarle que viniera a lamerme los pies por algunos minutos.  El infeliz no mostró ni la menor reticencia para obedecerme y tan pronto como aquel masaje de lengua a mis plantas me relajó un poco, le metí los dedos de mi pie izquierdo en su boca y le ordené chupármelos.

Con satisfacción sentí que a pesar que Paco debía mantener su boca abierta al máximo para poder contener mi pie, el infeliz no me rozaba con sus dientes y en cambio me lamía los dedos con tanto empeño y dedicación, que no dudé ya más y me decidí a usarlo de una vez por todas.

Saqué mi pie de la boca de Paco y le indiqué que se acercara un poco, hasta que su rostro quedó a centímetros de mi vientre y entonces liberé mi tranca y apuntándole con ella a sus labios, le expliqué lo que deseaba que hiciera enseguida:

   Ahora vas a hacer como hacen los terneros con la teta de la vaca… – le dije con cierto aire de pedagogo –…me vas a chupar la verga suavemente y sin rozármela con los dientes.

Pero no había terminado yo de expresar mi deseo, cuando ya el infeliz se había echado de nuevo a mis pies sollozando como un crío y suplicándome por piedad que no lo obligara a mamármela.  En principio no entendí muy bien cómo era que aquel mugroso peón se negaba a hacerme una mamada, siendo que mi primo que para nada era tan inferior como Paco, andaba pendiente a cada momento para complacerme cuando a mi me apetecía meterle mi verga en cualquiera de sus agujeros.

Caí en cuenta que la diferencia estribaba en que Philipe era un maricón vicioso y que seguramente Paco de marica no tenía ni un pelo.  Pero a mí lo que menos me importaba era que el mugroso peón fuera o no maricón.  A mí lo único que me interesaba era que el maldito infeliz me mamara la verga hasta hacerme eyacular en su boca.  Y si eso le iba a costar una humillación extrema al miserable, pues mejor para mí porque ello aumentaba mi calentura al máximo.

Así que le arrié unas cuantas patadas por las costillas y le ordené que de nuevo se arrodillara para ponerlo a mamar.  Pero el muy mugroso se obstinó y en vez de obedecerme, siguió echado a mis pies besándomelos y suplicándome entre sollozos que no lo usara de la forma en como yo pretendía hacerlo.

Decididamente me enfurecí.  Ciego de ira le ordené a Philipe que me diera la vara y de inmediato la emprendí a varazos contra el maldito peón, sazonándole la paliza con una buena dosis de fuertes patadas.  Y a pesar de todo el castigo que estaba recibiendo, el mugroso no parecía querer despegar sus labios de mis pies.  Cada fustazo se traducía en un chillido del infeliz y ni aún así el muy imbécil cesaba en su intento por besarme los pies.

No sé cuánto tiempo me estuve castigándolo.  Menos aún conté los golpes que le di.  El caso es que en un momento dado me percaté que Paco había dejado de chillar a pesar de que yo no había mermado la furia con que lo estaba moliendo a fustazos y a patadas.  Paré por un instante y lo observé con algo de curiosidad, para darme cuenta que el infeliz parecía desmayado.  Sin pensármelo ni por un instante, me incliné un poco y lo agarré por los pelos obligándolo a ponerse de rodillas ante mí.

El mugroso peón no había perdido el sentido pero estaba desmadejado y completamente sin fuerzas, así que le ordené a Philipe que lo sostuviera por los hombros mientras yo lo agarraba firmemente por los pelos y sin más preámbulos liberé de nuevo mi verga, le apunté a los labios y se la metí sin ninguna ceremonia para iniciar a follarle la boca de manera desaforada.

Mi calentura era tremenda y aumentaba a cada momento al contemplar cómo el infeliz lloraba a mares al tiempo que yo le ensartaba mi verga en la boca sin ninguna compasión.  Para completar, seguramente sintiéndose atorado por mi tranca que debía llegarle hasta la garganta, el mugroso peón empezó a mover su lengua desaforadamente provocándome tal deleite al lengüetearme el glande, que sin más empecé a eyacular a chorros, estremeciéndome de placer al tiempo que lo mantenía tan clavado que sus labios daban contra mi vientre.

Seguramente por la sensación de ahogo que debía estar sintiendo el maldito peón se mantuvo lamiéndome el glande por algunos instantes, hasta que acometido yo mismo de la flojedad que sucede a un orgasmo tan abundante como el que me había provocado el follarle la boca al miserable, me dejé caer en el sillón sin fuerzas y satisfecho.

Al cabo de unos cuantos segundos me volví entonces a ver a mis dos esclavos y me encontré con Paco tirado en el suelo, sollozando e hipando, en un estado de abatimiento que me provocó de nuevo follarle la boca sin compasión.  Por su parte, Philipe se mantenía de rodillas, observándome disimuladamente y sollozando también como si fuera él quien había recibido la paliza que le obsequié al peón.

En ese momento no entendí los gimoteos del maricón y tampoco era que me importara mucho la razón por la cual el imbécil estaba llorando.  Sin pensármelo le ordené que se acercara y él me obedeció reptando sobre sus rodillas.

   Dame un mamada suave para que me limpies la baba de este puerco peón… – le ordené a mi primo –…no vaya a ser que aún me contagie de su catarro…

Y me recliné en el sillón seguro de empezar a recibir de inmediato los servicios del marica.  Pero el muy puto, en vez de obedecerme enseguida como era de esperarse, se soltó a llorar con total descaro e hipando en un estado de abatimiento igual al que manifestaba el peón.

   ¡¿Qué diablos te pasa, maricón de mierda?!  – le pregunté a Philipe a los gritos.

   Meg egstogy mugrigengdog deg trigstegza… – me respodió el puto –…nog cregí queg fuegrags cagpagz deg hagcegrte magmagr tug hegrmogsa vegrga deg egse sugcio pegón…

Sonreí divertido.  El marica estaba muriéndose de celos y eso me causó mucha gracia.  No creía posible que aún a pesar de haberlo tratado como a un miserable esclavo durante los días previos, el maldito maricón pudiera sentir celos.  Aquello era el colmo de la mariconería y de la perversión.

Pero a pesar de lo gracioso que me parecía el sentimiento del puto, a esas alturas no podía admitirle ninguna desobediencia.  Si estaba celoso ese era su problema.  A mí lo único que me importaba era que siguiera comportándose como el marica muy sumiso que había sido en los últimos tres días.  Así que tomé medidas para enseñarle que aunque se estuviera muriendo de tristeza, su única preocupación debía ser la de satisfacer mis caprichos y acatar mis órdenes sin poner ningún pero.

   Ven acá… – le dije con tono suave –…acércate mi putito…

El maricón me obedeció haciendo pucheros y gimiendo, pero tal vez seguro de que yo iba a consolarlo.  Y lo hice a medias: le acaricié la cabeza por unos instantes como se hace con un perro.  Pero enseguida, sin previo aviso, lo agarré firmemente por los pelos, lo sacudí violentamente y lo rematé con un par de bofetadas que lo hubieran derribado de no haberlo mantenido sujeto por su melena.

   ¡Que me mames mi verga, te he ordenado miserable marica! – le grité sacudiéndole nuevamente la cabeza.

Eso me bastó para doblegar a Philipe, que llorando a mares, engulló mi verga medio tiesa y pringada de mi semen y de la baba de Paco, para dedicarse a mamármela con extrema suavidad, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas y me iban humedeciendo mi vientre.  Yo por mi parte, había optado por asentar mis pies sobre el lomo del peón que seguía hipando y gimiendo como si ya no le quedara consuelo en su miserable vida de esclavo.

En muy poco tiempo me recuperé del primer orgasmo y antes de saberlo, tenía de nuevo mi verga más tiesa que un riel de ferrocarril.  Los gimoteos de mis dos esclavos y al mismo tiempo su mansedumbre, volvieron a tensar mi tranca y a provocarme una calentura casi insoportable.

Supuse que ya habiéndole desvirgado la boca al peón, el muy miserable se avendría sumisamente a darme una mamada.  Así que le arrié un tortazo a Philipe para apartarlo y al mismo tiempo le sembré una patada a Paco por las costillas y le ordené que se arrodillara de nuevo a mis pies.

Cuando el peón estuvo en la posición que lo requería, lo agarré por los pelos y tironeé su cabeza tratando de acercar su boca a mi verga que ya apuntaba sola hacia el techo y le ordené:

   ¡Ahora sí que me vas a dar una buena mamada!

Pero el mugroso infeliz se me resistió forcejeando para evitar que sus labios tocaran mi verga y en vez de obedecerme tragándosela para mamármela, redobló sus gimoteos y sus súplicas entrecortadas, tratando de convencerme de que no lo obligara a hacer lo que yo le estaba ordenando.

Aquello fue el colmo de la desfachatez del maldito peón.  Ya era una osadía grave que me suplicara que no lo usara, pero atreverse a forcejear conmigo, era lo último que yo podía esperarme de aquel mugroso infeliz que en lo único que debía pensar era en obedecerme.  En ese instante hubiera matado al sucio miserable, aunque ello no hubiera contribuido a sacarme la calentura que me estaba tensando la verga con tanta fuerza.

En esos instantes llegaron a mi memoria con toda nitidez los párrafos aquellos en los que se hablaba de las ventajas de violar a un esclavo.  Decidí entonces que ese era el tratamiento que merecía el maldito peón para que acabara de entender de una vez por todas su verdadera condición.

En un primer momento pensé en machacar a patadas al hijo de puta hasta hacerlo desfallecer antes de partirle el culo con mi tranca, pero caí en cuenta que sería más efectiva la violación si el infeliz estaba plenamente consciente de lo que le haría.  Así que opté únicamente por asentarle unos cuantos azotes con la vara para obligarlo a desnudarse, mientras Philipe iba a buscar algunas cuerdas que me eran necesarias para lo que me proponía.

Con Paco ya desnudo y habiendo regresado Philipe con las cuerdas, arrié al peón a punta de fustazos hasta la antecámara de mis habitaciones.  No disponía de un potro como indicaban aquellos párrafos, pero en cambio había una mesa escritorio alargada y con la altura justa para lo que me proponía.

Le ordené a Paco que se tendiera en esa mesa y le indiqué a Philipe que atara al mugroso peón muy bien, ajustándole muñecas y tobillos a las patas de aquel mueble y luego echándole una lazada a la altura del lomo y otra a la altura de la cintura para fijarlo al mueble.  De esa forma, el infeliz quedó sin la menor posibilidad de movimiento y listo para ser usado como yo quería.

Aquel culo muy firme y bronceado, abierto al máximo y exponiendo el hoyo de una manera obscena, era una invitación mas que apremiante para que yo clavara mi verga en él.  La perspectiva de ensartar mi tranca en aquel agujero virgen y lo que ello iba a significarle al mugroso peón, me provocaba una calentura insoportable.

Pero no quería, sin embargo, violar al infeliz sin cerciorarme de que el maldito desobediente tuviera conciencia plena de lo que le haría.  Así que casi tambaleándome por tanta calentura acumulada, di un par de pasos hasta situarme cerca de donde había quedado la cabeza del peón, me zafé a las volandas el pantalón del pijama y agarré al miserable por los pelos levantándolo hasta donde sus ataduras lo permitían.

Le arrié un tortazo violento y le ordené que observara muy bien mi verga que a esas alturas apuntaba hacia el techo con arrogancia y rezumaba líquido preseminal.  Enseguida le advertí lo que me disponía a hacerle, de tal manera que al maldito peón le quedara muy claro lo que le pasaría por desobedecerme.

   ¡Y para que no se te vaya a ocurrir volver a desobedecerme en lo que resta de tu miserable vida – le espeté sacudiéndolo por los pelos – ahora te voy a meter mi verga por el culo y te voy a follar hasta que me supliques que te deje mamármela!

El miserable se soltó a llorar como si le hubiera dicho que iba a degollarlo.  Intentó debatirse, pero cualquier movimiento le resultaba imposible por lo bien sujeto que estaba a aquel improvisado potro.  Entonces empezó a suplicarme que no hiciera lo que me proponía y a prometerme que iba a obedecerme en lo que se me ocurriera a cambio de que no lo violara.

La desfachatez del miserable me causó gracia.  A pesar de la situación en la que estaba se atrevía a condicionar su obediencia.  Sin embargo no me eximí de arriarle otro buen tortazo por la cabeza y le expliqué que yo era su Dueño y que él me obedecería sin condiciones, sin importar lo que se me ocurriera o las formas en como yo lo usara.

Sin esperarme más, di un par de pasos y me situé a la altura del culo del infeliz.  Apunté mi tranca a su hoyo, pero antes de embestirlo recordé a Philipe y lo busqué con la mirada.  El marica estaba acurrucado en un rincón, sollozando y mirando con los ojos anegados en lágrimas lo que me disponía a hacer.  Supuse que el muy puto se estaría muriendo de los celos al saber que yo estaba punto de violar al peón, por lo cual me pareció que resultaría demasiado morboso obligarlo a participar de mi hazaña, así que sin más le ordené secamente que se acercara y le indiqué que se pusiera de rodillas a mis pies.

Sin darle tiempo a ninguna súplica, le enchufé mi verga en la boca al maricón y sentí con gran placer cómo empezaba a prodigarme una deliciosa y muy suave mamada.  Estuve a punto de correrme cuando sentí los sutiles lametazos que me prodigaba en el glande.  Pero sin querer privarme del placer de violar al peón, agarré a Philipe por los pelos, le sacudí una bofetada para apartarlo y señalándole el culo de Paco, le ordené:

   ¡Lámele…y más te vale que lo hagas bien, porque cuando termine de follarlo, tú mismo me vas a mamar la verga hasta que me la dejes reluciente!

El marica se soltó a llorar con descaro y levantó su rostro como para empezar a suplicarme que no lo obligara a hacer lo que le estaba ordenando.  Pero una oportuna bofetada y el halarlo de los pelos hasta que lo hice pegar su rostro al culo del peón, lo convencieron de obedecerme.  Así que sin más opción, sacó su lengua y se dedicó a repasarla por el hoyo de Paco, aunque sin mucho convencimiento.

Le bastaron al maricón un par de tortazos bien fuertes por su cabeza, para que se le despertara todo el entusiasmo por lamerle el culo al peón.  Aquello era tan morboso de verdad, que mi verga rebotaba contra mi vientre y estoy seguro que con sólo habérmela tocado me habría corrido sin remedio.

Sin embargo me contuve para poder solazarme contemplando por algunos breves minutos cómo mi muy marica primo repasaba su lengua por el estrecho ano de Paco, sin dejar de llorar pero haciéndolo de la mejor manera, mientras que el mugroso peón sollozaba sin contenerse y me suplicaba entre balbuceos que no lo violara más, suponiendo seguramente el maldito que lo que sentía en el culo era mi verga penetrándolo y no la lengua de Philipe que le hurgaba el agujero.

No imaginaba el infeliz que mi tranca aún ni había rosado su hoyo y que lo que le estaba haciendo mi primo con su lengua no era nada comparado con lo que yo le haría enseguida con mi durísima verga.  Así que sin darle más largas al asunto, le sacudí otro tortazo a Philipe ordenándole que se apartara, apunté mi estoque hacia el ano de Paco y arremetí con toda la fuerza de que fui capaz.

En ese instante el mugroso peón empezó a dar alaridos desesperados, a pesar que mi primera embestida no había bastado ni siquiera para que mi glande traspasara su ano.  A duras penas lo había punteado, pero el infeliz chillaba como un cerdo y eso hizo que mi excitación aumentara hasta cotas inimaginables.

Con gran deleite para mí, descubrí que entre más fuertes eran los alaridos del peón, más placer me causaba el estar a punto de violarlo.  Y ese descubrimiento me ha permitido gozar como no está escrito a lo largo de mi vida, pues mi verga ha tenido siempre un tamaño apreciable, lo cual ha hecho que cada vez que violo a un esclavo, el infeliz chille con desesperación, en especial si está virgen y no tiene ni un pelo de marica tal como Paco.

En la actualidad faltan algunos meses para que cumpla mi mayoría de edad y mi tranca mide algo más de veintidós centímetros.  Hace cuatro años, cuando violé a Paco por primera vez, mi verga alcanzaba unos holgados dieciséis centímetros y mantenía un grosor proporcional a su longitud.  Era algo natural entonces que el peón chillara como un cerdo al sentir que estaba a punto de clavarlo, más si se tiene en cuenta toda la aversión que había manifestado ante cualquier posibilidad de ser usado por mí para mi placer.

No quise esperar ni un segundo más.  Arremetí de nuevo contra el culo del peón y esta vez logré que mi glande traspasara su hoyo provocándole al miserable alaridos más sonoros que los primeros.  Una nueva arremetida hizo que mi tranca entrara casi hasta la mitad, haciendo que Paco intentara debatirse al tiempo que seguía chillando con desesperación.

La estreches de aquel culo prieto y musculoso estaba provocándome verdaderos delirios de placer.  Así que sin más lo embestí de nuevo hasta acabar de ensartarlo y al ver cómo mi verga quedaba completamente sembrada en el ano del peón, me tomé un respiro para gozar sintiendo como aquel minúsculo anillo se abría para acomodarse al arrogante tamaño de mi tranca.

Paco seguía chillando como un cerdo y eso me provocaba espasmos en mi verga que parecía que estaba logrando un orgasmo permanente.  Pero al ir dilatándosele el ano al peón para acomodarse al tamaño de mi tranca, también iban disminuyendo en intensidad los alaridos del infeliz.  Decidí entonces que no debía darle respiro si quería que sus gritos siguieran ambientando mi placer y sin pensármelo demasiado, se la saqué de golpe y con una embestida violenta volví a clavarlo sin miramientos.

Logré así que el miserable redoblara sus alaridos en incluso se debatiera intentando escapar a la violación a que yo lo estaba sometiendo, pero sus esfuerzos eran del todo inútiles, pues las fuertes ataduras con que lo había hecho fijar a aquel improvisado potro, le impedían cualquier movimiento y lo mantenían expuesto para que yo siguiera usándolo como se me diera la gana.

Sin tener que pensármelo demasiado, le saqué de nuevo mi verga y volví a embestirlo con fuerza para ensartarlo hasta que mis huevos golpearon con su trasero.  Y otra vez se la saqué y volví a clavarlo con saña…y así por incontables ocasiones, gozando como un dios mientras el mugroso peón no paraba de dar alaridos y seguía tratando inútilmente de debatirse mientras yo le sembraba mi tranca hasta lo más profundo de su musculoso y prieto culo de esclavo.

Finalmente no resistí más mi calentura y opté por dedicarme a follarlo a saco, serruchándolo sin misericordia hasta que sentí un exquisito espasmo que inició en mi glande, me recorrió toda la verga, me sacudió los huevos y se extendió por todo mi cuerpo.  Entonces se la clavé hasta el fondo y me quedé quieto mientras empezaba a correrme, dando yo mismo alaridos de placer que se confundían con los gritos desesperados del peón.

Empapado en sudor y temblando un poco por tanto placer, saqué mi verga del culo de Paco y me la encontré con un aspecto asqueroso, toda pringada de sangre, semen y mierda.  De inmediato la apunté hacia la boca de Philipe que se había mantenido allí arrodillado a mis pies y el maricón no tuvo más opción que engullirla haciendo pucheros de asco y dando arcadas, pero chupándomela con esmero y lamiéndomela con entera suavidad, al tiempo que se veía en la obligación de tragarse toda aquella porquería para lograr que mi tranca quedara reluciente y completamente limpia.

Una vez consideré que mi verga estaría sin rastro de aquella fabulosa follada, aparté a Philipe de un tortazo y me acomodé en el sofá al tiempo que le indicaba al maricón que viniera a darme un masaje de lengua en mis pies, pues necesitaba descansar un poco antes de iniciar un segundo asalto, que esperaba me proporcionara tanto placer como el primero.

Aquel día violé a Paco dos veces más deleitándome con sus alaridos y con las muecas de Philipe cada que me mamaba la verga para limpiármela luego de cada follada.  Al segundo día me desperté más temprano que de costumbre y con mi tranca en pie de guerra, así que sin pensármelo demasiado me dirigí a la antecámara para desahogar mi calentura.

A pesar de haber permanecido atado a la mesa todo el tiempo y a la evidente incomodidad que ello debía reportarle, el muy perezoso peón se había quedado dormido y ello me proporcionó gran diversión, pues me le acerqué sin hacer el más mínimo ruido y le clavé mi verga en el culo de una sola estocada.

El infeliz empezó a dar alaridos casi más sonoros que los de la primera vez y eso hizo que mi calentura fuera en aumento y que me dedicara a follármelo con verdadera violencia, alcanzando un orgasmo espectacular.

Aquel segundo día lo violé cuatro veces y en la noche lo intenté una quinta vez.  Pero ya la verga me escocía de tanto follármelo y no tuve los arrestos suficientes para sodomizarlo como lo había hecho hasta entonces y debí conformarme con ensartarlo a un ritmo muy pausado.

Para completar, el mugroso peón parecía haberse quedado sin fuerzas ni para gritar y se limitaba a gimotear al tiempo que balbuceaba incoherencias.  No era de extrañar la debilidad del miserable, pues yo no me había ocupado ni siquiera de suministrarle agua y ya eran dos días de estarlo violando casi sin pausa.

Todo ello iba en detrimento de mi propio placer.  Sin embargo, se me ocurrió que aún a pesar de esos obstáculos podría agregarle un elemento a mi diversión y seguramente también a mi gozo.  Allí cerca estaba Philipe, puesto de rodillas a mis pies y con su boca lista para recibir mi verga y mamármela una vez me corriera en el culo de Paco.

El maricón no acababa de acostumbrarse a que fuera el culo del peón y no el suyo, el que recibía las atenciones de mi tranca.  Sollozaba como un crío y a pesar de ello parecía resignado a su tarea de limpiarme la verga con su muy sumisa boca.  Le aticé un tortazo para sacarlo de su mutismo y mientras seguía taladrando el culo de Paco le ordené:

   Ahora le agarras la polla a este idiota y le haces una paja hasta que se corra.  Y mejor que te esfuerces porque si no logras que eyacule pajeándolo, se la vas a tener que mamar.

La cara del marica fue todo un poema.  Se soltó a llorar con descaro e intentó suplicarme que no lo obligara a hacer lo que yo quería.  Pero bastó que le obsequiara un buen tortazo en pleno rostro para convencerlo de obedecerme inmediatamente.  Philipe consideraba a Paco algo menos que un puerco, por lo que seguramente a pesar de lo maricón que es mi primo, le resultaría demasiado humillante tener que pajear a peón.  Sin embargo, sabía de cierto que yo cumpliría mi amenaza de hacerlo mamarle la polla al infeliz si no me satisfacía su trabajo manual.

Llorando sin poder contenerse, el marica metió su mano bajo el vientre del peón y empezó a manosearle la polla tal y como yo se lo había ordenado.  Ver la humillación reflejada en el rostro de Philipe, aumentó mi calentura y a pesar del escozor en mi verga aumenté el ritmo al que estaba follándome a Paco.

No sé si fue que el aumentar el ritmo de la cogida despertó el ánimo del peón para volver con sus alaridos, o serían los manoseos de Philipe en su polla, el caso es que el infeliz empezó a chillar de nuevo como la primera vez que lo clavé.  Además, el mugroso peón se dedicó a contonear el culo hasta donde se lo permitían sus ataduras y a dilatar y a contraer su ano al mismo ritmo en que yo le metía y le sacaba mi verga.

Todo aquello: los alaridos de Paco, los lloriqueos y la humillación de Philipe y los espasmódicos movimientos del culo del peón, me causaron una indecible calentura y en pocos minutos estuve eyaculando como si no me hubiese corrido ni una sola vez en todo aquel día.

Saqué mi verga del culo del peón y se la ofrecí a mi primo para que me la limpiara.  El maricón abandonó la paja que le estaba prodigando a Paco y sin parar de llorar, se dedicó a darme una mamada suavísima hasta que lo aparté de un tortazo y me retiré al sofá para tomarme un respiro.

Luego de un par de minutos le pregunté a Philipe si había logrado que el peón se corriera y el muy marica vino arrastrándose hacia mis pies y como respuesta me mostró su mano embarrada de la leche del miserable.

Realmente cansado luego de tanto folleteo, decidí irme a la cama y dormí como los dioses hasta el día siguiente, cuando desperté cerca de las doce con una erección de burro.  Y no tuve que pensármelo demasiado para irme a la antecámara a sacarme mi calentura violando por primera vez aquel tercer día al mugroso peón.

Pero antes de poder ensartarlo, me llamó la atención la forma en como el infeliz gemía sin parar.  Desnudo como estaba y con mi tranca apuntando al techo, me acerqué para contemplar la expresión del miserable, que a esas alturas se estaría literalmente muriendo de cansancio, de hambre y de dolor en el culo, pues ya casi completaba sesenta horas de estar atado a aquel improvisado potro y en todo ese tiempo yo lo había violado no menos de ocho veces.

Al acercármele le alcancé a rosar la cara con mi erecta verga y eso produjo un extraño efecto en el peón, pues en menos de lo que dura un pestañeo, hizo un ágil movimiento de cabeza y engulló mi tranca casi por completo.  En un primer instante creí que el mugroso infeliz tenía la intención de lastimarme y no me lo pensé para arriarle un tortazo violento por la cabeza intentando evitar que fuera a morderme.

Pero en cambio de enterrarme sus dientes en la verga como yo me temí en principio, el infeliz respondió al golpe que le di empezando mamármela y a lengüeteármela con tanta ansiedad y con tanto esmero que realmente me asombré y mi tranca empezó a dar botes entre la lengua y el paladar del peón, provocándome tal deleite que lo dejé ir a su ritmo por un par de minutos.

Sin sacar mi verga de su boca, abrí las piernas y me acomodé en una posición que me permitiera embestirlo, de tal manera que al colaborarle en su trabajo, lograra alcanzar un mayor placer.  Con la mano izquierda lo agarré firmemente por los pelos y con la derecha me dediqué a darle tortazos por la cabeza, incentivándolo para que no mermara en sus esfuerzos por hacerme gozar.  Al mismo tiempo me dedique a follármelo sin misericordia, sintiendo en mi glande los espasmos de su garganta cada vez que lo ensartaba hasta el fondo.

El infeliz seguramente estaría sufriendo como un condenado y el saber eso me provocaba un éxtasis imposible de describir, ya que además la brutalidad de los tortazos con que yo lo obsequiaba parecía de verdad incentivarlo para que a cada momento se esforzara más en mamarme la verga con el evidente propósito de procurarme el máximo de placer.

Finalmente, sin resistir tanta calentura, lo ensarté a fondo y mientras sentía los espasmos de su garganta acariciándome el glande, le arrié dos tortazos violentos por la cabeza y empecé a eyacular estremeciéndome y rugiendo como un salvaje.

Sin fuerzas casi ni para respirar, liberé sus pelos y me quedé muy quieto, sintiendo los últimos espasmos del orgasmo y deseoso ya sólo de tumbarme en el sofá para descansar de tan fabuloso asalto.  Pero el muy mugroso parecía no tener intención de dejar su tarea, así que al tiempo que mi verga empezaba a perder consistencia y a retirarse poco a poco de su garganta, el maldito tragón se dedicó de nuevo a mamármela con tanto empeño como al principio, causándome esta vez cierta incomodidad en cambio del placer que seguramente esperaba prodigarme.

Esta vez no le di ningún tortazo, sino que le estampe un fuerte puñetazo por la base de la cabeza, haciéndolo perder el sentido por un breve instante que me bastó para retirarme acabando de liberar mi verga de entre su boca.

Luego de algunos minutos de estar tumbado en el sofá y ya algo recuperado de aquel orgasmo tan intenso, me causó curiosidad percatarme de que el peón había dejado de gemir y parecía inmóvil.  Le ordené a Philipe que revisara al infeliz para saber qué le pasaba y el maricón se alarmó al verlo desmayado y con sus muñecas y tobillos completamente amoratados, tal vez como efecto de las cuerdas con que había estado sujeto todo aquel tiempo.

Le ordené al maricón que lo liberara y que viera de reanimarlo un poco friccionándole en las zonas de su cuerpo que presentaban amoratamiento.  Aquello tuvo un efecto inmediato, pues el peón empezó a gemir de nuevo y a los pocos minutos ya estaba llorando con toda naturalidad.

Libre ya de sus ataduras, le ordené que se acercara y aunque el miserable tenía verdaderas dificultades para moverse, vino arrastrándose hacia mis pies y se dedicó a lamérmelos con el mismo empeño con queme había mamado la verga hacía tan solo unos minutos.  Lo dejé hacer por unos instantes y luego le obsequié una patada por la barriga ordenándole que se pusiera de rodillas.

De inmediato le señalé mi verga aún morcillona y le ordené que se dedicara a darme una mamada muy suave.  Esta vez, aunque el miserable redobló sus lloriqueos, ya ni siquiera dudó en obedecerme.  Se tragó mi verga poco a poco y se dedicó a mamármela con tal delicadeza que en poco tiempo volví a tenerla tan tiesa como un riel de ferrocarril y pocos minutos después acabé eyaculando de nuevo en su boca sin que el infeliz manifestara ni la más mínima reticencia en tragarse entera mi corrida.

Aquel día me la pasé casi todo el tiempo con mi verga entre la boca de Paco, haciéndome mamar, meando o simplemente dejando descansar mi tranca en aquel agujero húmedo y tibio, sin que el peón dejara de llorar ni por un instante pero también sin que mostrara ni el más mínimo signo de insumisión.

Aquello me permitió concluir que en efecto la fórmula de violar a los esclavos prescrita en aquel antiguo manuscrito, era de verdad muy efectiva y a fe que lo es, pues desde entonces el peón ha mostrado una docilidad increíble en un infeliz que en principio hasta se atrevió a forcejear conmigo para evitar que mi verga rozara sus labios.

 

 
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