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EL ARREGLO -PARTE 7 DE UN RELATO



ESTE RELATO ES UN CAPITULO DE UNO MAS LARGO.LO CUELGO EN LA WEB PORQUE CREO QUE ENCAJ EN SU TEMÁTICA. ES UN POCO LARGO, PERO ESPERO QUE LO DISFRUTÉIS

                EL ARREGLO


                    7

Se duchaba antes de la cita con el albañil. El agua tibia caía sobre su cuerpo enjabonado. Con las manos se repasaba sus partes y el trasero. Se quedó quieto durante un buen rato bajo la artificial lluvia. Se apoyaba con la frente sobre las baldosas colocadas en sentido diagonal. Acarició con un dedo el azulejo central en cuyo hueco Santy y él habían vertido su semen. Recordar el momento le engrosó el sexo.

Pero las palabras del amante habían sido muy claras: nada de correrse sin que él estuviera presente.

Cortó el agua, se secó precipitadamente. Huía de permanecer demasiado tiempo desnudo y con pensamientos que le despertaban el deseo de manera tan vehemente. Tomó una crema balsámica y se la extendió sobre el esfínter. Con los dedos la introdujo hacia dentro. Quería estar preparado para cualquier cosa. Tal vez Santy necesitara recordarle que su culo le pertenecía, que en él sólo descargaban leche sus cojones. De nuevo en erección. ¿Sería así siempre?¿Bastaría con la evocación de las palabras del albañil para excitarse como un adolescente?

Se vistió con vaqueros y una vieja camiseta azulona. Su cuerpo mostraba los resultados del último año de gimnasio:las nalgas y los muslos quedaban marcados bajo los pantalones y sus velludos brazos, de muñecas anchas y antebrazos de sólida musculatura, llenaban las mangas cortadas de la camiseta. Se guardó las llaves del coche, se puso las gafas de sol y se largó de la casa.

Aparcó frente a la de Santy. Salió del auto y esperó. La tarde brindaba una agradable temperatura. Por fin lo vio. Se había puesto unos pantalones cortados por debajo de las rodillas y una sudadera con las mangas encogidas hasta medio antebrazo. Caminaba sin prisa, dominando el aire a su alrededor con su fortaleza física y su casi uno noventa de estatura.

-¿Intentas seducir a alguien? -le preguntó el obrero.

-Sí. A un albañil que hace arreglos en sus horas libres.

-Entonces vas por buen camino. Pero quítate esas gafas.

Obedeció.

-Que se te vea bien la cara.

-¿Y si me preguntan qué ha pasado?

-Donde vamos no serás el único que tenga marcas de golpes. La gente entrena y se lastima. Creerán que eres un aficionado más.

Se volvieron a mirar con los ojos empapados de deseo.

-¿Nos vamos? -dijo Santy metiéndose la mano en el pantalón.

-¿Qué te ocurre?

-Se me está poniendo tiesa.

Pasó la mano por encima de la tela evidenciando la erección.

-No me hagas esto -protestó Aldo conteniendo sus ganas de echarle mano al paquete. -Entonces ¿nos vamos?

Entraron en el coche. Arrancaron. El albañil le indicaba el camino. Pese al carácter de entretenimiento de la cita a éste se le notaba tenso.

-¿Te preocupa algo?

-Nunca he traído a nadie a esta clase de combates. Todos nos conocemos y... Bueno, espero que te guste. Eso es todo.

El albañil se quedó callado. Aldo no se atrevió a preguntar más.

Llegaron a un edificio bajo de aspecto cochambroso.

-¿Aquí es? -dijo el conductor con aprensión.

-¿Qué creías, que venías al Palacio de los Deportes? Esto es un barrio del que sólo se acuerdan cuando hay elecciones. El resto del tiempo, nada de nada.

En el vestíbulo de paredes estropeadas, el albañil comenzó su ronda de saludos. No daban un paso sin que se detuvieran. Y si los que le saludaban mostraban curiosidad por su acompañante, hacía una somera presentación como un amigo del nuevo gimnasio también aficionado al boxeo.

-Te conoce todo el mundo -le dijo Aldo en un momento donde nadie les entretenía.

-En este gimnasio, hasta las ratas.

Lograron continuar su camino hacia el interior. El lugar olía de una manera extraña, una mezcla de sudor rancio, moho, y humedad.

Bajaron unas estrechas escaleras que desembocaban en una estancia amplia de techo abovedado. Sólo la iluminaba un plafón que colgaba sobre un espacio acotado por cuatro pivotes con unas cuerdas tiradas entre ellos: una cutrez de cuadrilátero.

Alrededor habían colocado bancos corridos para el público. Pegados a las paredes, otros bancos en semipenumbra. En ellos, los participantes en la informal velada se cambiaban o eran atendidos por su equipo técnico, es decir, un par de amiguetes que compartían afición y poco más.

No se escuchaba todavía ningún griterío sino un suave rumor que a Aldo le recordó el susurrar de los feligreses en un templo.

Conforme sus ojos se adaptaron a la atmósfera luminosa, vio que allí había hombres de todas las edades, desde los que de seguro ya disfrutaban de su jubilación hasta chavales a quienes les salía barba por vez primera.

Uno de los hombres que se preparaba para combatir tenía un aspecto inquietante por la fiereza primitiva de su rostro; el cabello, espeso como cerdas de un cepillo, le nacía casi a mitad de la frente. Su cuerpo recordaba al de un neardenthal. Le masajeaba otro hombre de más edad que se le parecía. Sin ninguna duda pertenecían a otra etnia, tal vez turcos o del Cáucaso.

Aldo no podía apartar la mirada de ellos. Le atraían como un imán a un clavo.

-Impresiona ¿verdad? Dijo Santy uniéndose a él después de otra tanda de saludos.

-¿Quién es?

-Tarik. Dicen que tiene madera de campeón. Y veintitrés añitos recién cumplidos.

-Parece mayor.

-Seguro que hoy asiste algún oteador de un club importante a comprobar si es verdad lo que se comenta.

Tarik cruzó sus ojos con los de los dos curiosos. Le hizo un comentario a su asistente que de inmediato hizo lo propio.

-Sí, hijo puta, sí: te estoy mirando -dijo para sí Santy.

Después le comentó a su amante:

-El que le da masajes es su primo, Abdeslan, con quien peleé una vez. Era un guarro de cuidado. Me pegó un cabezazo en el mentón que aún me duele. Eso le costó el combate. Y yo me quedé con las ganas de machacarle el cráneo. Bueno, mejor los dejamos en paz o se lo tomarán a mal.

Dieron la espalda a Tarik y su primo.

-Por cierto, que no te asuste tanta pose de macho de todos estos -dijo el albañil señalando con la mirada alrededor- Aquí hay más de uno que se muere porque se lo trinquen en lo más escondido de un vestuario.

-¿Y tú cómo lo sabes?

-Porque soy bizco, no ciego.

-Joder, tienes que contarme todo lo que has visto.

-Eres un puto morboso.

-¡Mira quién habló!

De repente Santy se quedó quieto. Su rostro se tensó.

-Tengo que ir a saludar a un viejo conocido.

-Te sigo.

Pasaron junto a varios de los combatientes a los que el obrero ni prestó atención. Por fin llegaron al lado opuesto de la sala donde un hombre de unos cincuenta años le vendaba las manos a un muchacho de piel blanca y cuerpo que levantaría la envidia de todas las estatuas del clasicismo grecolatino. -Entrenador -se dirigió el obrero al hombre.

-Santy, tú por aquí – y le extendió la mano.

-Te presento a Aldo, un colega del gimnasio donde voy a matar el gusanillo de todo esto.

Se saludaron.

El joven combatiente no abría la boca. Y Aldo lo admiraba discretamente.

El obrero juntó su puño con el del muchacho en un ritual de mutuo reconocimiento. -¿Cómo va, Tato?

-Pre... preparado para tri.. triunfar -tartamudeó.

-¿Con quién te enfrentas?

-Con Tarik -intervino el entrenador.

Santy rumió por unos segundos la información.

-Aún te recuerdo como aquel chavalillo que me traía los guantes.

-Pues ya ves en... en lo que he acabado.

-En aspirante a campeón ¿Nervioso?

-Un... un poco.

-Eso está bien, te da más energía.

-Tú no te ponías nervioso -le recordó el entrenador al bizco.

-¿Para qué? Además tampoco me jugué gran cosa.

-Eso es lo que te pasó, que nunca quisiste jugártela de verdad -le reprochó el hombre volviendo a su tarea de vendar las manos de su pupilo.

Santy puso cara de querer replicar. Pero se mordió la lengua.

-Nos acercamos después del combate -dijo a modo de despedida- Mucha suerte, Tato.

Mientras se alejaban, Santy dijo más para sí que para su acompañante: -Tarik lo va a machacar. Y a su puto padre le da igual. Sólo quiere hacerse notar y no le importa sacrificar al pobre chico.

-¿El entrenador es el padre del muchacho?

-Jodidamente, sí.

Otro personaje se acercó a saludar al obrero. Aldo aprovechó para observar con más atención el lugar. Cayó en la cuenta que no se veía una sola mujer, sólo hombres: desde verdaderas bellezas como el muchacho de piel blanca hasta veteranos de fuerte musculatura y vientres ya abultados, pasando por el inquietante Tarik y su primo en los que centró su atención. Pensó que no le importaría en absoluto ocupar el puesto del primo. Y si lo veía nervioso antes del combate, aplicarle su boca en la entrepierna a modo de tranquilizante.

-¿Qué opinas? -le preguntó el albañil hurtándole de sus lúbricas cavilaciones.

-Veo que la gente te recuerda y te respeta.

-Tuve mis momentos -contestó con pudor- Pero aquello ya pasó.

Aldo miró otra vez hacia el rincón de Tarik; al parecer tenía un problema con el calzón. Se lo quitó mostrando su desnuda anatomía de robusto animal. El sexo lo sujetaba una coquina cuya blancura contrastaba con la aceitunada piel y el abundante vello. El hijo del granjero se mordió el labio inferior sin darse cuenta que todavía tenía en él le herida de la pelea con Carmel.

-Te está sangrando el labio -le dijo el albañil.

-Mierda.

Por suerte llevaba unos pañuelos de papel en el bolsillo.

Se colocaba uno sobre la herida cuando creyó ver una silueta familiar que se perdía tras unas columnas. Se sobresaltó.

-¿No era...? -comenzó a decir volviéndose hacia Santy. Pero éste había enganchado nueva conversación con otro de sus tantos conocidos.

Miró otra vez hacia las columnas. Se acercó a ellas. Detrás se abría un pasillo oscuro de aspecto lúgubre. Un joven adolescente que lo vio indeciso, le dijo en tono cansado: -Los servicios son la segunda puerta de la izquierda.

Se iba a volver porque los lugares oscuros le ponían nervioso pero quería cerciorarse de si había visto lo que creía o había sufrido una alucinación. Se adentró por el tenebroso corredor. Intuyó que había llegado frente a la puerta indicada. Intentó abrir. Parecía atrancada.

Una figura de hombros vigorosos y andares enérgicos entró desde la sala. Aldo se puso instintivamente en guardia.

-¿No abre? -dijo el recién llegado con una voz grave que golpeaba el diafragma.

-Lo he intentado, pero...

El hombre le asestó una patada a la puerta. La abrió.

-Se atranca -dijo invitando a que Aldo entrase el primero.

Pero éste insistió en cederle el paso.

Dentro, la única luz existente penetraba, desde lo más alto del muro, por un ventanuco cubierto con una tela mosquitera de tonos verdosos donde la mugre había formado costra. Y teñía del tono del tamiz tres mingitorios pegados a la pared frente a la puerta de entrada.

El lugar apestaba a orines y lejía rancia.El suelo era de cemento desconchado y faltaban azulejos en la pared de los mingitorios.

De los tres urinarios uno estaba atascado y la orina permanecía atrapada sin fluir por el sumidero. Los que funcionaban eran contiguos.

El hombre de los hombros vigorosos ya había ocupado el tercero. Se bajaba los pantalones con gesto pausado hasta media cintura.

Aldo ocupó el bacante. No tenía especiales ganas de orinar pero no se le ocurrió qué otra cosa podía hacer allí.

Con disimulo vio cómo el vecino de urinario se sacaba una verga lacia de abundante prepucio y la descapullaba sin mayor prisa hasta mostrar un glande ancho y de grueso reborde. De la punta escapó un potente chorro que quería ser ambarino pero que la luz se obstinaba en teñir con verdes reflejos.

-¡Qué ganas! -dijo con satisfacción.

Aldo se esforzó por soltar algo de orina.

-¿No sale? -le preguntó el vecino señalando con la barbilla.

-Siempre me cuesta en esta clase de urinarios.

Cuando la meada se acercaba a su fin, el hombre de la patada en la puerta soltó varios resoplidos y escupió un denso lapo cobre la loza. Volvió la cara hacia Aldo y le habló: -¿Nuevo por aquí?

-Acompaño a un amigo.

Aldo no perdía detalle de los genitales del hombre, que no se molestaba en ocultarlos.

-¿Boxeas?

-No; nada de eso.

-¿Y el golpe en el ojo?

-Me atacaron en la calle.

El hombre de los andares enérgicos dio un silbido admirativo.

-¡Jodido! -dijo sacudiéndose su lánguido rabo para extraer las últimas gotas de orina- ¿Te sacaron navaja?

-Sólo los golpes.

-¡Golpes! Hubo suerte ¿eh?

Le miraba como si buscase un desliz en lo que contaba . -¿Y después?¿Cómo acabó? -volvió a la carga separándose del mingitorio y encarándose con Aldo a la par que que se rascaba bajo los huevos.

La atmósfera densa y malsana de los servicios envolvían a los dos desconocidos.

-Nos separaron y llamaron a la policía -contestó Aldo como si confesara su responsabilidad en un delito.

-¿Le llegaste a zumbar? -parecía ávido de una narración de puñetazos y contusiones.

-Algo. De pura rabia.

El de los hombros vigorosos se estiró el pellejo del prepucio con los dedos y se acomodó el glande bajo la piel protectora mientras decía: -¡Rabia! ¡Qué bien suena: rabia!

Las venas de la verga se le iban llenando de sangre.

-Mi amigo quiere que aprenda a pelear y a defenderme.

Se sostuvieron por unos segundos la mirada.

-Buen consejo. Yo tuve una pelea. Un ladronzuelo me sacó una navaja. El hijoputa quería dinero. Dame tu dinero, me decía. Una verdadera rata. Y temblaba. ¿Que te dé mi dinero? Lo que te voy a dar es mi polla para que me la chupes, rata asquerosa. Eso le dije.

Se tocaba la verga sin parar.

-Y llega el hijoputa y me ataca. Le metí un patadón en los huevos más fuerte que el que le he dado a la puerta. Y después le agarré del pelo y lo estampé contra una pared. Y me tiré sobre él. Lo tenía reventado con mi cuerpo. Y te juro que le hubiese bajado los pantalones y le hubiese metido la polla por el culo hasta correrme en su asqueroso trasero. Sí, correrme en su culo de delincuente de mierda. Por hijoputa.

La verga del narrador había duplicado su tamaño. Parecía que de un momento a otro iba a agarrar a su interlocutor y lo iba a someter al mismo régimen que al delincuente que osó asaltarle.

De pronto se oyó un portazo. Sus cabezas giraron buscando el origen del estruendo.

Aldo no había caído en la cuenta de que en el otro extremo de la penumbrosa estancia había dos cabinas individuales. Y una de ellas tenía en ese momento la puerta cerrada.

Los dos hombres se miraron con un interrogante en sus expresiones.

El de los vigorosos hombros se guardó los genitales en el pantalón.

-Van a comenzar los combates -dijo a modo de despedida.

Al quedarse solo, Aldo notó la presión del lugar. Entre las cabinas y los mingitorios había un par de lavabos. Se acercó a ellos. Por el rabillo del ojo no las perdía de vista los cubículos, sobre todo el de la puerta cerrada. Percibió el sonido de un fluir de agua: la cisterna de uno de ellos estaba estropeada. Abrió el grifo de un lavabo. Un débil chorro se deslizó sobre la blancura cuarteada del lavamanos.

Alguien carraspeó. Giró la cabeza al instante. Parpadeó nervioso. Después, el sonido de un cerrojo descorriéndose. Esperó que quien fuera enseñase la cara; pero lo único que ocurrió fue que la puerta se entreabrió levemente.

¿Qué significaba aquello?

Si quería marcharse tenía que pasar junto a las cabinas. Con un caminar intencionadamente tranquilo enfiló hacia la salida. Cruzaba junto a la puerta entreabierta cuando le chistaron. Miró: una sombra se masturbaba en el interior.

“Aquí hay más de uno que se muere porque se lo trinquen en lo más escondido de un vestuario”. Las palabras de Santy acudieron a su mente como un relámpago.

Sólo veía la inconfundible silueta de un pijo bien parado y una mano que lo acariciaba morosa. Llegando a los huevos, lo tomaba por la base y lo sacudía como a una caña de pescar.

El sexo de Aldo se excitó.

Dio un paso hacia la puerta entreabierta. Escuchó un suspiro placentero. La verga le esperaba. Prometía un goce anónimo inigualable. Sugería una experiencia impregnada de los más deliciosos fluidos. Todo por descubrir, nada que pensar. Sólo follar, chorros de esperma derramados sobre la piel, escupidos dentro del culo que se abriera a su calibre.

La mano tiraba del pijo hacia abajo hasta liberarlo y éste se balanceaba como brazo de catapulta. Una y otra vez, una y otra vez...

Aldo dio un segundo paso hacia la cabina. El pulso se le aceleró. La puerta se entreabrió unos centímetros más. Dentro le esperaban. Querían su piel, sus pezones, su lengua...

Estiró el brazo. Los dedos rozaron el vello que envolvía el tentador sexo. También los testículos del oculto personaje. El pijo palpitó satisfecho.

Cerró su mano en torno al endurecido calibre. Usó el pulgar para acariciar la zona del frenillo bajo el glande. Una gota de humedad descendió hasta ella.

La puerta aún se abrió más. Podía entrar perfectamente por el hueco libre.

Poco a poco, las espaldas pegadas a la pared, se deslizó hacia dentro. Y cuando toda su anatomía travesó la escueta abertura, la puerta se cerró de golpe.

Entonces alzó la vista de la polla que le tenía tan hechizado. Las facciones del incitador estaban difuminadas en la penumbra. Pero reconoció la barba de reflejos rojizos: Carmel, el que fuera amigo de Santy. No se había equivocado con la familiar silueta.

El fontanero le atenazó del cuello hasta el ahogo. Aldo luchó por escapar de la presa. Pero recibió un certero golpe en el diafragma que le cortó la respiración.

-Hola, culo peludo ¿Me echabas de menos?

Con suma habilidad, le extrajo de los bolsillos las llaves del coche, las de la casa y la cartera.

-Escúchame, zorrita apestosa, vas a volver a la sala y le vas a decir a Santy que quiero hablar con él. Ahora ¿Te ha quedado claro? Y más te vale que me lo traigas si no deseas tener un montón de problemas -dijo mostrándole los objetos sustraídos.

Después lo echó de la cabina.

Aldo se encontraba en el lúgubre pasillo. Las piernas le temblaban. ¡Si hubiera podido corregir sus actos de los últimos cinco minutos... ! Caminó hacia la sala con un vacío insoportable en las vísceras. La situación era calcada a cuando su padre le sorprendió con la polla del peón en la boca. No había nada que decir. Todo era tan transparente.

En la sala ya habían comenzado los combates. Dos púgiles de cuerpos definidos se castigaban los flancos mutuamente. El público animaba o protestaba según marchaba el combate.

Vio al albañil sentado en la última fila de bancos. Seguía la lid sin mover un músculo.

-¿Dónde te habías metido? -dijo cuando Aldo se sentó a su lado.

-En los baños.

Santy vio la marca que la presa de Carmel había dejado en el cuello de su amante.

-¿Qué te ha pasado?

El hijo del granjero demoró la respuesta por unos segundos, le temblaba el mentón. Podía acabar gimoteando en cualquier momento. Y lo odiaba.

Contuvo cualquier asomo de llantina y dijo: -Carmel quiere hablar contigo.

La expresión del albañil fue de cansancio, como si le dijeran que un latoso problema que creía por fin resuelto necesitaba su atención por enésima vez.

-¿Dónde está?

-En los baños.

Caminaban por el lúgubre pasillo con pasos desganados. Los gritos de los aficionados iban quedando atrás.

No hizo falta darle una patada a la puerta. Entraron en la estancia que ya casi se hallaba en tinieblas a esa hora del crepúsculo. Carmel esperaba sentado en la taza de la primera cabina fumando un cigarrillo.

Los dos hombres se miraron. Aldo permanecía detrás del albañil presa de una silenciosa desesperación.

-¿Qué quieres? -le demandó Santy a su antiguo amigo con un poso de ira en la voz.

Carmel arrojó a los pies de Aldo los objetos que le había quitado.

-No soy ningún ladrón.

Carmel se levantó de la taza y se adelantó hasta el marco de la puerta de la cabina. Hasta en su chulería era deseable.

-¿No te ha explicado nada tu zorrita?

-Casi prefiero que me lo cuente un maricón reprimido como tú.

El fontanero se sonrió con desprecio.

-Sólo soy tu víctima.

-Y yo Santa Rosa de Lima.

-Te sientes muy seguro ¿verdad?

-Eso es imposible contigo cerca. Lanza tu veneno y acabemos.

-A mí me maltratas cuando sabes perfectamente que sólo tú...

-¿Que sólo yo qué? -le cortó el bizco- Al grano, barbarroja. Hay un combate que no me quiero perder.

Carmel dio una profunda calada a su cigarrillo. En las manos se apreciaba un ligero temblor. En los ojos, el deseo de ajustar cuentas.

-Se te ve muy satisfecho porque piensas que al fin has encontrado a un tipo que no se empapa en alcohol antes de follar contigo y que te halaga los oídos todos los putos minutos del día... y de la noche.

-No me siento satisfecho. Me siento correspondido ¿Sabes qué es eso?

Carmel cruzó con Santy una mirada ofendida a la escasa luz de los principios del anochecer. Después la apartó y dio otra calada a su cigarrillo.

-¿Y en qué te corresponde él?¿En que pone el culo siempre que se te antoja? Pues si es así, deja que te diga que tu zorrita necesita más, mucho más de lo que tú le das.

-Aquí el único que siente que pone el culo eres tú, Carmel. Pero ese ya no es mi problema. Es exclusivamente tuyo.

-¡Uf, esto sí que es un combate y no las mierdas que se libran en la sala!

-Si quieres, se corta en el momento que desees, sólo tienes que desaparecer y dejarnos en paz de una puta vez.

-¿Y perderme lo que sigue? Ni por todo el oro del mundo.

-Eres un capullo, barbarroja; y ya me estás inflando las pelotas.

Santy había cerrado los puños. Se le agotaba la paciencia.

-Entonces, antes de que te dé otro de esos ataques de cólera que arrasa con todo quiero que me aclares lo siguiente: Si crees que culo peludo te “corresponde” explícame por qué anda hurgando en otras braguetas.

Santy quedó desconcertado con la pregunta, como si en medio de un combate uno de los contrincantes hubiera sacado un bate de béisbol.

-¿De... de qué mierda estás hablando?

Carmel aprovechó el momento: -Creo que a tu zorrita se la debió de follar un caballo percherón en la granja de su papá y que desde entonces busca un rabo similar. Tú tienes un buen pollón, de eso no hay duda. Pero a culo peludo no le parece suficiente. Pregúntale si no me crees.

El albañil miró a Aldo. Le vio tambalearse y buscar apoyo contra un lavabo.

-Sus manos huelen a mi pijo, con el que ha estado jugando un buen ratito. ¿A que sí, zorrita?

Y continuó argumentando: -En realidad le hubiera dado lo mismo el mío que el de cualquier otro. Porque también ha estado flirteando en los urinarios con un machito inflado de anabolizantes. Ya ves. Y tú de lo más orgulloso allí arriba, presumiendo de tu amigo del gimnasio.

Dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo y lo aplastó con el pie.

-Yo sólo trato de que no te sigas engañado, bizco. Y que no quedes en ridículo diciendo que entre tú y culo peludo existe “correspondencia”. Aunque puede ser que hayáis acordado que cada uno busque lo que quiera y donde quiera. En ese caso, ya sabes que mi polla siempre estará lista para que me la chupes como sólo tú sabes. Y ahora os dejo, porque imagino que necesitaréis aclarar vuestra “correspondencia”.

Pero antes de que el fontanero alcanzase la puerta, el albañil se adelantó y la cerró con tal violencia que la pared tembló.

Carmel lo esquivó y trató de abrirla. No había manera.

Santy, a sus espaldas, tenía una pétrea expresión depredadora.

-¿Te ayudo, barbarroja?

-¿Qué intentas? -dijo Carmel con escasas dosis de sosiego.

-Quiero... -le puso una de sus grandes manos en un hombro-...que me correspondas. Ahora que no estás bebido o fumado, es el momento perfecto. Tú y yo.

Carmel intentó abrir la puerta con todas sus fuerzas. Quemaba buena parte de su energía en el esfuerzo. Pero era baldío.

Santy se le pegó a las posaderas.

-Anda, enséñame tu culito de exparacaidista.

-¡Déjame!

Carmel se escabulló del albañil y corrió a encerrarse en una cabina. El obrero fue tras él. Forcejearon en la puerta del cubículo. El fontanero logró cerrar y echar el cierre. Igual que un autómata con órdenes expresas de destruir, el antiguo boxeador se lió a patadas con la puerta.

-¡Lárgate! -le gritaba desquiciado el fontanero.

Aldo, aterrado permanecía pegado a la pared entre los lavabos.

-Quiero agradecerte que te preocupes por mí -decía Santy entre patada y patada.

La madera, débil, se astilló por la parte del cierre.

En un último intento por escapar, Carmel trepó por la pared que no alcanzaba el techo y que comunicaba las dos cabinas. El albañil lo vio y le asió cuando se descolgaba.

-Te tengo, bracitos tatuados.

Carmel le dio varios golpes a su captor que sólo sirvieron para que el férreo albañil lo estampase contra la pared en repetidas ocasiones.

-Basta -suplicaba Carmel.

Aldo escuchaba el estruendo y sintió un escalofrío con la herida voz. Dos fuertes mamporros en la cara redujeron la resistencia del fontanero a un mero gesticular sin potencia.

-No sé qué me decías de que te chupase la polla -comentó con la respiración agitada el obrero- Pero casi prefiero que seas tú el que me la chupe a mí.

Sentó a su presa en la taza y se bajó los pantalones. Su polla no aparecía excitada.

-Mira qué desanimada me la tienes. Vamos, muévela hasta que le vuelva la alegría -le exigió cogiéndole una rendida mano.

-No voy a moverte nada -dijo el castigado fontanero.

Una serie de hostias sin misericordia cambiaron su opinión.

-Así está mejor, barbarroja ¿Ves? Ya se anima. Tú sabes que tu mano en mi polla siempre ha obrado milagros. No entiendo por qué no quieres cuando más lo necesito.

Volvió la cabeza y gritó:

-Tú, culo peludo, acércate.

Aldo se asomó con cautela al cubículo. Ya no había luz de día, sólo el mustio reflejo de la iluminación callejera reforzada por los faros de algún vehículo que pasaba.

-Venga, acércate -le habló con voz imperiosa.

Aldo entró. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, captaron el semblante roto de Carmel. Parecía un ecce homo.

-Contéstame:¿querías su polla?

El interrogado veía la temblorosa mano del fontanero masturbar el cipote del bizco.

-No... no sé qué quería. Todo era... ¡No sé lo que era! -se quejó soltando un gallo ridículo.

-¿Quieres ver cómo me lo follo?

Aldo se sentía angustiado.

-¿Quieres verlo?

-¿Por qué no dejas que se vaya?

-¿Y qué hago yo con esta erección? -le tomó la mano- Toca.

El hijo del granjero tomó el extraordinario cipote del albañil que Carmel animaba en la zona del violáceo glande ¡Y pensar que por su estúpida cabeza podía perderla para siempre!

-Yo ocuparé su lugar -dijo.

Santy soltó una carcajada que asustaba.

-Eso no me sirve. Tu culo ya me importa una mierda. Lo mismo que yo a ti.

-No es cierto. Tú me importas.

-Tonterías. Deja de jugar al chico enamorado ¡Ah, me gusta que dos manos me hagan una paja!

-Por favor. Tú no eres así.

-¿Y cómo soy?¿Estúpido?¿Idiota?... ¿Cornudo?

-¡Me tendió una trampa! -protestó Aldo- Buscó mi debilidad.

-Entonces volvemos a barbarroja, el puto tramposo ¡Entonces que pague él!

Santy lo alzó tomándole del cuello y lo puso con la cabeza casi hundida en la taza por donde el agua no dejaba de discurrir. Le bajó los pantalones y le hizo jirones la ropa interior.

-No, bizco, no me hagas daño -lloriqueaba Carmel.

-Vámos, barbarroja: sabías que algún día esto llegaría, no todo iba a ser alcohol y a la mañana siguiente un “no recuerdo nada”.

-¡Déjame! -gritó al de los tatuajes sacando últimas energías para revolverse.

El albañil le hundió la cabeza en la taza y le clavó las rodillas en los riñones.

-¿Sabes? -se dirigió a Aldo tras recuperar el control de la situación- Voy a hacerte caso. No voy a ser tan animal de meterle mi polla. Está muy tenso y le dolería a rabiar. Pero estarás conmigo en que Carmel necesita un escarmiento. Si es cierta tu versión...

-Creo que ya se lo estás dando -insistió el hijo del granjero.

-Esto, para él, no es nada. En sus años de paracaidista le sometieron a miles de putadas como ésta. Pero tenemos que hacer que esta vez no olvide el día de hoy.

Santy se sonrió. Y su sonrisa no auguraba buenas noticias.

-Por eso he pensado que te lo folles tú.

-No... yo no puedo...

-¿Ahora no puedes? -gritó- No hace ni una hora te estabas divirtiendo con su pijo ¿Y ahora no puedes?¿O es que estás tenso?¿Temes que no se te ponga tiesa?

-Por favor, Santy.

-Tú me suplicas, Carmel me suplica... ¿alguien más?

Santy se sentó sobre la espalda de su antiguo amigo. Con los pies le pisaba las manos. Se mesaba los cabellos. Era evidente que ardía por dentro.

-Es una pena que no te quieras beneficiar de este precioso culo -dijo al fin recuperando un ápice de calma- Hay que reconocer que el muy cabrón, pese a ser una traidora serpiente venenosa, tiene un culo envidiable, de otra manera que el tuyo, que a mí me gusta más. Pero su culo... -lo palmeó con fuerza- tan duro, con sus pelitos anaranjados, y esa rugosidad rosácea que lo rodea... Le metiste una buena comida en tu casa, sí señor.

El obrero vertió saliva sobre el esfínter del fontanero. Dejó que el salivazo resbalara. Aldo lo veía y sentía que sus hormonas brincaban en sus venas.

-Voy a entrarle un par de dedos y vemos cómo reacciona.

Carmel gimió. Los dedos iban y venían. Cada vez más adentro. Cada vez más. Y barbarroja suplicando.

-No hagas caso. Exagera para que nos dé pena. Seguro que si le tocas la polla, la tiene completamente empinada. Venga, tócasela.

Aldo constató que el albañil tenía razón.

-¿Te decides? Fíjate bien -volvió a la carga acariciándose el glande- Podrás follártelo y a la vez chupármela. Tú sabes cuánto gusto me da meterte el rabo hasta ahogarte. Y no digamos que te bebas mi leche.

Aldo se vio arrojado a un pozo de sentimientos contradictorios: el culo de Carmel, la polla del albañil... y su deseo de acabar con lo que estaba ocurriendo, que terminase esa sinrazón.

-Pero si dices que no, seré yo quien le ensarte su bonito culo, y lo haré sin contemplaciones, a lo bestia y hasta reventarle. En cambio tú, que sientes compasión por él, puedes... déjame que busque la palabra... ¡sodomizarlo, eso es! Puedes sodomizarlo con suavidad, casi con amor, y cogerle el pijo y … Bueno, cómo me puedo atrever a darte instrucciones sobre lo que hacer con su pijo. Ya eres experto.

Aldo permanecía quieto, sin atreverse a nada.

-Ven, acércate -le habló el albañil en tono casi conciliador.

Se aproximó. El desnudo culo de Carmel estaba a su alcance. Y las manos de Santy desabotonaron sus pantalones.

-¡Eh, la tienes tiesa, cabrón! Y yo que te creía arrugado como una pasa. Eres un sucio morboso, sí señor. Y sabes que eso me encanta. Sí, ya lo creo que lo sabes.

Los dedos de Santy habían alcanzado las traseras de culo peludo. Encontraron el lugar untuoso de crema.

-¡Joder, te has dado un potingue! Nunca me decepcionas, campesino.

-Sólo pienso en complacerte -dijo Aldo entregado a las maniobras de su amante.

Este le pasó un dedo por el glande y recogió una gota de preseminal que allí asomaba.

Después se lo dio a chupar a culo peludo que se lanzó a mamarlo con el mayor de los entusiasmos.

-Sí, muy bien, es tuyo.

Metió su otra mano bajo la camiseta de su amante, le pinzó un pezón.

-Cómele el culo antes de follártelo. Te ofrezco esa posibilidad. Si se lo comes tan bien como tú sabes, se le despertará el deseo, se relajará su puto ano y cuando le claves tu chorra campesina hasta te lo agradecerá ¿Qué dices?

Se miraron. Carmel gemía con la cabeza dentro de la taza y el peso del obrero sofocándole.

-No sé por qué busqué sin ti el placer -dijo Aldo tomando las fuertes manos y besandolas.

-Haz lo que te pido y ya hablaremos de eso.

El hijo del granjero se arrodilló frente al culo de Carmel. Apartó los jirones de su ropa interior. Apenas se veía nada. Pero no le hizo falta ver. Con la lengua encontró la grieta que conducía a las entrañas de barbarroja. La lamía sin cesar. Entraba y salía de él. Mordía sus prietas nalgas. Rozó su rostro entero contra el trasero, como si deseara que todo él tuviera su olor. Alzó las manos hasta atrapar también la polla de su albañil. Desde el culo de Carmel ascendió con la lengua hasta el glande de su amante.

-Espera -dijo Santy- Me está dando envidia.

Se deshizo de su pantalón, se volvió a sentar sobre las espaldas del de los tatuajes pero ofreciendo el culo a Aldo.

-Vamos, cómete los dos -le animó.

El hijo del granjero chupaba un culo y otro, lamía unos huevos y otros, los penetraba con la lengua, los exploraba con sus dedos. Estaba ido con el placer que aquello le reportaba. Se dejó llevar y colocó su polla a el ojete de Carmel. Apenas le hicieron falta fuerzas. Entró en él con facilidad. Se oyó un suspiro placentero del exparacaidista.

-¿Te lo estás follando? -preguntó el bizco- Porque le oigo gemir como una ramera.

-Dame tu culo, o tu polla -le pidió Aldo.

-Espera, quiero tocarle el trasero ensartado.

El albañil palpó el esfínter dilatado y el miembro que lo dilataba. Forzó la dilatación entrando un par de dedos.

-Muy bien, así me gusta. Cómeme la polla y fóllale. Métele caña. Que se corra por vez primera sabiendo lo que hace.

El obrero entró hasta la garganta de su amante.

-Mantenla ahí, en ese sitio que me derrite de gusto.

Todo era sucio y carente de prevenciones. Los olores del lugar conformaban el perfume inopinado de un sexo entre cruel y demencial.

-Voy a correrme – dijo Aldo escupiendo la verga del albañil.

-No, espera; sácasela. Quiero algo más.

Santy levantó a Carmel que temblaba. Estaba excitado. De su hermoso pijo caía una baba donde destellaban lejanos reflejos de luz. Lo tomó contra sí, le levantó una pierna y le habló al oído.

-Ahora soy yo el que va a entrar en tu culo.

-No, por favor, no lo aguantaré.

-Sé lo que hago, barbarroja. Te voy a atizar un buen polvo, te dejaré mi leche en tu culo. Y tú, se la vas a dejar a culo peludo. Porque te vamos a emparedar. Vas a ser la rica loncha de jamón entre nosotros.

Santy puso la punta de su violáceo glande contra el abierto ano.

-Venga, déjate caer. No te resistas. Te lo voy a hacer muy bien.

Lentamente la carne del fontanero cedió. Se dolía con la nueva ocupación de sus entrañas. Pero al final los huevos del albañil fueron lo único que quedó al aire de su sexo.

Comenzó a follarle. Lo enculaba despacio.

Aldo se arrodilló frente a ellos y le mamó el pijo.

-¿Te sabe bueno que te esté partiendo el culo? Vamos, contesta.

-¡No lo sé! -dijo barbarroja.

Pero al momento volvió su cara hacia el bizco y le buscó los carnosos labios para beber de ellos.

Culo peludo se alzó, tomó el bonito rabo del de los tatuajes y se lo introdujo dentro.

Las manos de Santy le tomaron por las caderas. Estaban los tres en lazados, dándose placer, follándose sin prisas.

Las envestidas de Santy le llegaban a Aldo por el cuerpo penetrado del fontanero. Y eran cada vez más duras, más acuciantes.

-¿Verdad que no duele? -le preguntaba el bizco a Carmel.

-Verdad.

-¿Quieres que descargue mis huevos en tu culo?

-Sí. Hazlo ya. Dame tu lefa -suspiraba el tatuado- Dámela.

-¡Dios, me voy a correr!

Aldo escuchó los berridos del albañil al soltar su leche. Y eso le bastó para soltar también la suya con sus entrañas ocupadas por el pijo del fontanero. Y al correrse y contraer su anatomía, estrujó el sexo de barbarroja arrancándole su esperma en medio de una llantina desconsolada. No estaba claro si de placer o porque lamentaba profundamente que aquello se acabara.

Santy y Aldo se lavaron las manos en los lavabos. Carmel permanecía sentado en el suelo de la cabina, los pantalones en las corvas y la ropa interior destrozada.

El albañil se le acercó.

-Venga, levántate. No te quedes ahí. Cogerás frío.

Pero Carmel no le hizo el menor caso. Ni le miró.

-Como quieras. Nosotros nos marchamos. Si necesitas algo, estaremos viendo los combates que queden, si es que queda alguno.

El obrero se acercó a la puerta. Intentó abrirla. No pudo.

-Mierda.

Aldo se acercó. Tomó una pequeña asa y comenzó a estirar de ella. Las venas de los brazos se le hincharon, las de las sienes se marcaron. La madera crujió. Y, imitando a los corchos de las botellas de champán, se abrió.

-Bien. Sabes abrir una puerta -concedió el albañil- Larguémonos de este agujero.

Desandaron el lúgubre pasillo hasta la sala. Aldo se sentía confuso. Ya no sabía cuál era su situación con respecto al albañil. Y éste tampoco mostraba interés por arrojar luz en todo aquello.

En la sala, el público vibraba con el combate entre Tarik y Tato. Santy se encaminó hacia el último banco donde vio hueco disponible. Sin embargo, Aldo no fue tras él. Sentía tentaciones de marcharse. Si todo había terminado por su debilidad, mejor acabar cuanto antes. Pero antes de sentarse en el espacio disponible, el albañil se volvió. Permanecía de pie sin ocupar el hueco encontrado y tampoco prestaba atención al combate estrella. Le miraba a él. Lo esperaba. Una emoción catártica le llenó los ojos de lágrimas: ¡lo esperaba a él!

Con alivio infinito avanzó hacia Santy limpiándose con la camiseta la humedad de los ojos. No quería que su hombre le viera llorar.

Se sentaron.

En el cuadrilátero, Tarik, tal como había pronosticado el albañil, machacaba al hermoso joven de piel blanca.

 

5 Comentarios

Muy bueno...

Publicado por: maxigay el  20-05-13 a las 18:40:56
Excepcional este relato!!!!

Publicado por: Dritzz el  21-05-13 a las 00:19:36
¡Espectacular! Engancha desde la primera linea

Publicado por: culoparatupolla el  21-05-13 a las 00:36:59
Donde esta el relato completo?

Publicado por: joven miron el  22-05-13 a las 16:23:39
me gusta como lo subes de tono y tension

Publicado por: angeldrams el  25-05-13 a las 02:27:03
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